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28 ene 2013

Instrucciones para la masturbación del hijo [quotéo]



Fuente: SoHo.com.co


Hernán Casciari, el mítico fundador del blog y la revista orsai, escribe en exclusiva para SoHo una narración memorable.



Si lees estas líneas es porque hoy cumples 13 años y porque yo estoy muerto. Las redacto antes de partir a la batalla, casi sin armas, para enfrentarme a un enemigo superior. Ahora eres un niño de once meses —llevo aquí tu foto—, pero mi ahora es tu ayer y no nos sirve. Escribo a trompicones. Las balas pasan tan cerca que es probable que ya tengas 13 años. Es buen momento, entonces, para que tengamos una charla de hombre a hombre. Me habría gustado hacerlo en persona, pero ya ves: las cosas nunca son como las deseamos.


Supongo que el vivir sin tu padre te marcará para siempre. Has visto mis fotos, te han contado algunas historias, quizá te han dicho en qué guerra he muerto, pero no puedes imaginar al hombre que fui. No te preocupes, nadie podría. Además, yo no soy el de las anécdotas felices ni tampoco soy el hombre que aparece en los retratos que miras. Las personas se conocen de verdad en medio del aburrimiento y traban amistad, si lo hacen, con la rutina de los días. No tendremos —no tuvimos— esa suerte.

Entre estas rutinas hay una, que ocurre más o menos a tu edad, en donde el padre debe tener el valor de dar al hijo consejos fundamentales. Voy al grano porque tengo poco tiempo y menos luz. Es muy probable que hayas comenzado a notar ciertos cambios en tu cuerpo. Tu madre, que es una mujer bondadosa pero poco dada a la conversación, no sabrá explicarte qué ocurre, ni darte consejo para que aquello suceda de un modo placentero. No la culpes, porque es un tema masculino. Y, si me apuras, solo de ciertos hombres.
En breve tendrás (o quizá ya los tengas) amigos mayores o más espabilados que te explicarán las mejores técnicas para el desahogo automático del cuerpo: dormirse la mano, por ejemplo, o agujerear medio kilo de carne y calentarla hasta los 29 grados. Todo esto será válido y al mismo tiempo será falso. No redacto esta carta para enumerar maniobras eficaces ni para revelarte accesorios.

El chimpancé también hace lo que haces tú cada noche. Con un poco de suerte, en un laboratorio se le podría enseñar al chimpancé la técnica de dormirse la mano o la de calentar un trozo de carne para darse mejor placer. Pero tú tienes algo que el chimpancé no tendrá nunca. Me refiero a una herramienta muy poco valorada por los adolescentes y por los hombres vulgares: la fantasía privada.

La fantasía privada, la masculina, la secreta, se construye sobre la base de dos consignas: qué haría yo si, cuando eres joven e inexperto; y qué hubiera pasado si, cuando eres mayor y te arrepientes de las oportunidades perdidas. Con estos mínimos recursos los hombres de bien le ponemos fin al tema de la imaginación, una herramienta que, por lo demás, utilizamos poco.

Ahora eres muy joven, pero llegarán tiempos de padecer un largo viaje en avión o tren, de intentar conciliar el sueño en vano, de esperar en una esquina a que llegue alguien que no aparece... Es entonces cuando debes hacer uso del qué haría yo si y del qué hubiera pasado si. Con la práctica, cualquier tiempo monótono puede convertirse en un tiempo clandestino.

Toma papel y lápiz, porque lo que voy a decirte es más valioso que cualquier manualidad que te enseñen, en la escuela o en la calle, tus camaradas mayores. La imaginación privada masculina se desarrolla únicamente en dos contextos:

a) bajo el amparo de un hecho inconcluso del pasado (“qué hubiera ocurrido si me hubiera animado a proponerles un trío a las mellizas Klein la noche que estaban borrachas al lado de la piscina; desarrollar la idea hasta acabar”); o
b) en la sospecha de un futuro improbable (“qué haría yo si la vecina del quinto me viene a pedir azafrán un sábado a las dos de la madrugada, en camisón; explayarse sobre el tema hasta acabar”).
No hay más recursos que esos dos; ni en el universo de la fantasía masculina ni en la literatura erótica en general.

Con estas introducciones no te serán necesarias las películas pornográficas, ni las revistas donde aparecen mujeres desnudas, ni los binoculares en la oscuridad para fisgonear las azoteas. Qué haría yo si... Qué hubiera pasado si... Esas cuatro palabras, y no otras, deberán servirte como contraseña para todas tus noches, desde hoy y para siempre.

Los hombres —mayores o púberes, lo mismo da— tenemos una extraña virtud: solo sabemos de qué modo actuar cuando ya ha pasado la ocasión propicia o cuando esta aún no se ha presentado. En el momento preciso, justo allí, no podemos reaccionar; antes y después, lo tenemos más claro que el agua. Pero al menos lo sabemos, con tardanza o con clarividencia, pero lo sabemos; y eso es lo que importa. El chimpancé no lo sabrá nunca; ningún animal de la selva sabe casi nada sobre la frustración.

Como te he dicho al principio de esta carta, hijo, las cosas nunca son como las deseamos, y esa verdad es la madre de la imaginación privada. A tu edad, y durante algunos años, tus fantasías nocturnas te llevarán por el camino de la ficción porque todavía no tendrás memoria de tus fracasos; pero, con el tiempo, todos los hombres nos quedamos con una sola fantasía privada. Una sola. Y siempre comienza con la triste música del qué hubiera pasado si. Volvemos a reeditar, una y otra vez, la misma escena trunca que nos obsesiona.

¿Qué harías, hijo, si la joven profesora suplente de francés, que te ha encontrado fumando solo en el baño del colegio, en lugar de llevarte de una oreja a la dirección te pidiera un cigarro y se quedara allí, contigo? ¿Qué harías si, entre calada y calada, te confesase que se ha separado hace tres meses y que echa de menos el calor de alguien en su cama? Y si enseguida te dijera, por ejemplo, que pareces mayor de lo que eres y después te rozara al descuido una pierna, ¿tú qué harías?

Yo, que soy tu padre y quizá ya estoy muerto, hace algunos años fui un alumno estúpido y tembloroso. La historia de la profesora de francés me ocurrió en la vida real, no en el mundo privado de las sábanas, y entonces me escapé del baño, corrí por el patio del colegio como un cobarde. No supe qué hacer con semejante porción de realidad servida en una bandeja. Hui.

Antes de ese día mis noches eran irreales de principio a fin. Utilizaba únicamente el qué haría si, y con eso me contentaba. Pero desde esa misma tarde, solo en la cama o en la ducha, comencé a descubrir las infinitas variantes que me había ofrecido, sin saberlo, la profesora suplente de francés. Ella había abierto una puerta. El placer ahora me resultaba más doloroso y humillante, pero su hallazgo inauguró un sinfín de mundos paralelos.

A veces, yo la desnudaba en el baño del mismo colegio, trabando la puerta con el talón de mi zapato. Otras veces iba a su casa la noche siguiente, y ella me había dejado la ventana de su cuarto entreabierta. En ocasiones nos encontrábamos en el gimnasio y estirábamos unas colchonetas raídas; o nos escondíamos de todos en la oscuridad del salón de actos. A veces, en mi fantasía, la chica que me gustaba nos veía desnudos y se ponía celosa. Otras veces se acercaba a nosotros, se nos unía. Cada noche yo tenía un romance diferente con mi profesora de francés. Un romance que comenzaba, siempre, con la conversación real y la caricia real en la pierna. Esa verdad sin discusión le daba al resto de la utopía un poder deslumbrante.
Cuando terminé los estudios, seguí fantaseando con ella. Al casarme con tu madre, continué viviendo en el mundo solitario de mi profesora de francés. Incluso cuando quiero poner la mente en blanco o pensar en otra cosa, la película comienza y no puedo dejar de verla hasta el final, porque el final nunca es el mismo. Todavía lo hago algunas noches, cuando esta guerra absurda me permite estar solo y a oscuras. Imagino el momento inicial del cigarrillo y la conversación que alguna vez ocurrió en este mundo, y después construyo las diferentes variaciones que pudieron ser y no fueron. Las del otro mundo, las que me completan.
Ojalá pienses, durante tus primeras noches de placer solitario, en mi profesora de francés, en esta historia que te he contado. Comienza a imaginar la escena por donde yo la he dejado: cuando ella me mira, fuma despacio y me roza una pierna. Ella era guapa y tenía algo de tristeza en los ojos. Después puedes continuar la historia por donde tú quieras. Acaba por mí, hasta el último de los días.

El desahogo masculino es un amor a destiempo, un romance nocturno que ocurre en épocas paralelas que no se cruzan. Se parece mucho a esta conversación remota, hijo, en la que yo le hablo al hombre que serás, y en la que tú me escuchas cuando ya estoy muerto.

26 nov 2012

Vicisitudes onanísticas [quotéo]

Fuente: Vicisitudes y sordidez



En los últimos meses, hemos visto por aquí cómo ha comenzado a bajar el número de visitas. Como eso no es bueno para el ego, hemos decidido aplicar un remedio infalible: Hablar de masturbaciones. De todas las chorr... quiero decir, artículos que hemos escrito, el único que sigue aportándonos desde hace más de un año decenas de visitas diarias es el clásico ‘Las catorce mejores masturbaciones de la historia’ Todo un campeón que, si bien no creo que atraiga a lectores regulares, hace que el contador suba y que nuestro infantil deseo de ser reconocidos se mantenga de manera un tanto ilusoria.

A partir de aquí, se plantea una duda: ¿quién de todos los colaboradores está más por la labor de ponerse en ridículo cual Paul Feig a la española? Obviamente yo, que ya tengo todo un currículo de exponer mi vicisitúdico pasado en público en cosas como ésta y ésta. De aquí a empelotarse, sólo queda un paso y algunas sustancias psicotrópicas. ¡Cualquier cosa por el entretenimiento de nuestros lectores!
De entrada, soy consciente que no puedo aspirar ni siquiera a llegarle a la altura del prepucio a Paul Feig en su libro ‘Superstud’. Aparte de lo de las visitas de pajilleros despistados gracias a Google, mis objetivos con este artículo son más humildes y discretos. Cuánto más, no lo sé. Principalmente porque no tengo del todo claro cuáles son ni por qué me rebajo de esta manera.

Comencemos por el principio. A partir de ahora, mamá, puedes parar de leer.

No, en serio.

Para.

Bien, sigamos. Todos nos pajeamos. No había (ni hay) nada más triste que escuchar a ese compañero de clase que proclamaba orgulloso que no se entregaba al onanismo de manera compulsiva. ¿A quién puñeta quería impresionar? Y, más importante, ¿para qué? En mi caso, tengo un amigo que a menudo me venía con esas. Lo cual no quita que fuera el encargado de comprar la primera película porno original que tuve (la muy cutre ‘Nunca había hecho esto antes’, con Nina Hartley en el interesante y dramático papel de ‘Señora Coño’). Pero no adelantemos acontecimientos.

Fue gracias a El Perich que descubrí que había un deporte mucho más divertido que el fútbol y, por mucho que los curas intentaran convencernos de lo contrario, menos peligroso que el potro. Se trataba de un chiste que aparecía en ‘De la nada a la miseria’ (uno de los mejores libros de humor la historia, a pesar en caer de vez en cuando en el forsalismo). En él aparecía un señor romántico apuntándose a la sien con un pistolón. “Ella no me ama. ¿Me mato o la mato a ella? O quizá podría hacerme una paja. Sí, sería lo mejor”. Yo entendía qué era el romanticismo y por qué se cachondeaba de los sentimientos exacerbados. Pero eso de la paja no sabía qué era. Efectivamente: el que tuviera conocimientos de historia del arte y no de la masturbación me data irremisible y vergonzosamente como pajillero tardío. Lo cual significó que no hubo ningún problema en recabar información, a pesar de no haber intertet (y, ahora que lo pienso, mucho mejor: no quiero ni pensar en el lío que me habría armado si llego a escribir ‘paja’ en google en aquella época de (más) idiotez y (más) apollardamiento sumo). Un compañero mío, Depeche, me informó convenientemente de qué hacer.

Y, a partir de ahí, se inició mi desenfrenado camino hacia el derroche de semilla compulsivo, ayudado por el hecho de que mi hermano desapareció de mi casa para marcharse a Sevilla y que tenía toda el hogar para mí. Los Interviús que dejó mi padre tras la separación en su mesilla de noche fueron unos interesantes compañeros de aventuras al principio. Hasta que llegaron las revistas guarras de verdad.

Este tipo de publicaciones, tan queridas por menores de edad, trabajadores de taller y, en tiempos, reclutas del servicio militar, entraron en mi vida por la puerta grande. La primera revista hardcore que vi fue un Private. Que no sólo ofrecía su usual ración de mascarilla facial léfica, sino que además incluía un par de fist-fuckings. “Pensé que eso no cabía”, decía yo en voz baja. Porque la primera vez que la vi fue en clase. De historia. Que impartía mi propia madre. Sé que en el futuro tendré que explicarle esto a un psicólogo.
Tras la clase, todos hicimos cola a la salida para echar un vistazo menos furtivo al producto. Luego circuló por turnos entre todos. A mí debió tocarme de los primeros, pues no recuerdo que ninguna página estuviera pegada. Ahí, madre mía, qué asquito.

Pronto deseé más. Y entraron en mi vida las maravillosas ‘Ratos de Cama’ (con unas historias hilarantes en su uso de los términos ‘chumino’ y ‘porra’) y ‘Gozo’, que era como el Private, pero en pobre. Pocas veces utilicé el famoso ‘Climax’, revista a la que Vicisitud llamó con gran acierto ‘la paja proletaria’.

El problema era esconderlas. Eso para mí era una gran obsesión, sobre todo desde aquella vez que mi madre llegó algo pronto a casa y tuve que guardar el Interviú que estaba utilizando debajo de su cama. Como había llegado pronto, nos fuimos al cine a ver ‘Wall Street’. Y yo me pasé toda la película pensando en un plan de acción para recuperar el cuerpo del delito que ni el Equipo A. La misión resultó un éxito. Pero, desde entonces, me di cuenta de que tenía que ser más cuidadoso. En mi ayuda llegó el mejor aliado de los pajilleros de la segunda mitad de los 80:

El nuevo formato del Micromanía.
Por algún motivo que se me escapa, la gente de Hobbypress decidió convertir el manejable tamaño A4 en una sábana de periódico que siempre acababa rompiéndose. Hasta se gastaron dinero en un anuncio de televisión (con una ‘Turbo girl’ real: sabían que sus lectores eran unos pajilleros). El resultado: no sólo un escondite cojonudo, sino que permitía mirar las guarreridas, aun las de amplio formato, con total tranquilidad ante visitas inesperadas. ¡Hasta podías llevártelas al retrete sin levantar sospechas! Lo dicho: el mejor invento de mi adolescencia.

Más tarde llegó el interés por las imágenes en movimiento. Con el abono al Plus un poco lejos todavía, al principio tuve que depender de mi amigo Depeche para el suministro de material. Naturalmente, era el más alto de los de clase, por lo que se trataba de el único que podía alquilarnos películas en el videoclub. Y como mi casa era bastante más solitaria que la suya o la de otros alumnos del colegio, solía plantarse allí para verlas. A mí, ese momento Amarcord de hacerse manolas en compañía nunca me ha gustado. Así que permitía ver un poquito y, luego, al baño. Sólo una vez mi amigo llegó especialmente caliente y no cejó en sacársela delante de mí a pesar de mis protestas. Aquello me traumatizó porque:
a) Tenía un buen pollón. Muy deprimente para mi pichulín.
b) Se la machacó alegre y rapidísimamente. A continuación, tiró de sus calzoncillos hacia arriba, se limpió su vileza, se levantó y se marchó a devolver el flim al videoclub y a hacer unos recados. No dudo de que, cuando llegó por fin a su casa, los gayumbos tenían que estar más duros que el diamante. No he vuelto a ver una guarrería mayor en toda mi vida. Y he vivido en un piso de estudiantes.

Mi casa se convirtió, por lo tanto, en todo un pajilleródromo. Esas tardes de soledad quitaron la urgencia y presión de ‘la paja de ya que estoy sólo’ (tan conocida y popular como ‘la paja tonta de estoy estudiando’) y, cuando me ponía a ello, lo hacía con gran parsimonia. Tanta que una vez andaba tan relajado, con la ventana abierta y el finstro enhiesto, cuando sonó que alguien entraba antes de tiempo. Rápidamente, pegué un bote para subirme los pantalones y quitar la película, momento en el que me golpeé (o mejor dicho, incrusté) todo lo que es concretamente el glande con el pico de aluminio de la ventana. Obvia decir que no sólo vi las estrellas: es que tuve un conocimiento profundo del universo que ni El Increíble Hombre Menguante al final de la película. Con todo, me dio tiempo a ocultar todas las pruebas incriminatorias y aparentar la más absoluta serenidad.

Y sí: las heridas profundas en el capullo pueden curarse y no dejar cicatriz.

Lo cierto es que nunca me pillaron. Ni a mí ni a ningún amigo que visitó mi pajilleródromo. Porque yo siempre he sido un buen tipo, y si algún compañero pedía asilo onanístico, yo me iba a jugar al ordenador mientras lo dejaba a su suerte. Era una alegría eso de tener una casa grande. Porque mi hogar constaba, en realidad, de dos pisos unidos. Y estaba en frente de un hotel. De hecho, desde varias zonas se podía ver bastante cerca la ventana del cuarto de baño de una de las habitaciones. Lo interesante del caso es que era semi translúcida, estaba justo en la ducha y llegaba hasta la cintura de una persona de altura normal. Lo cual quiere decir que me tiré media vida con espectáculo continuo y variado totalmente gratis. Es cierto que a menudo se trataba de señores gordos y señoras con tetas a la altura de las rodillas. Pero aprendías a abstraerte cuando aparecían esos huéspedes y a concentrarte cuando llegaban chicas jóvenes.
Una tarde de invierno, tenía a mi amigo Gamba visionando lo que probablemente fuera una escena lésbica mientras yo vagaba por la casa. El hombre se ve que no tenía intención de ponerse en faena. O bien la película era chunga. El caso es que me llamó para que contemplara el espectáculo del hotel. Había una figura de pelo corto magreándose los pezones. La duda existencial era si aquello era o no una mujer, pues la ventana se cortaba justo en el púbis. En el caso de ser fémina, aquello tenía menos pechos que Rosarillo. Pero ¿por qué esa afición por las propias tetillas? Yo marché en busca de mi cámara de vídeo para usar el zoom y aclarar tan intrigante misterio. Cuando estaba sacándola de estuche, Gamba comenzó a gritar como un descosido. Efectivamente: de las regiones inferiores había surgido cual serpiente marina una larguísima verga que estaba siendo acariciada con gran decisión. El hombre terminó en unos segundos. Tanto con su cometido como con mi espectáculo gratuito. Porque, desde entonces, siempre miré con pavor la ventana del hotel.

Hoy en día, ya con una edad, el onanismo no tiene tanta gracia como en la adolescencia. Se pueden conseguir ingentes cantidades de pornografía con sólo un click. Además, el fin del reinado de las hormonas, el estrés y mis continuos dolores de estómago le han quitado la gracia y la magia al momento pajillero. Porque yo ya no me masturbo. No tíos, en serio. Que soy fuerte. De verdad.

A quién pretendo engañar.

26 oct 2012

Fotos con las que me pajearía si quisiera pajearme (eh, ¿vol. I?)


Sí, eso ( ' 3')



che y ahora que me acuerdo, antes publicaba esta mierda con el personaje de Jorgito el Perversito a un costado. Re que para la próxima las resubo con el buacho ese al lado. Sí eso.

16 oct 2012

Kristen Stewart, fotos bonitas & reflexión hacerca de la inmediatez del porno en la internet


Buenaas ( ' 3')
no es que me haya puesto a buscar fotos en bolas de esta bonita actriz (lo único que busco son cosas fetichistas y degeneradas de mujeres usando ropas humillantes y sexualmente desviadas) pero como que me encontró a mí y entonces por el aprecio que le tengo al asunto lo comparto/baccupéo en este blogazo.

Resulta ser que desde hace un tiempo aparecieron fotos en bolas de esta preciosa actriz llamada kristen Stewart, famosa por haber hecho de conchuda histérica en Crepusculo o de Blancanieves en idem título de película.


¿No les resulta irónico que, siendo internet la panacea de la pornografía, sea imposible conseguir una versión sin censura de esta foto?

La verdad que me costó un poco conseguir la versión sin censura de su foto. Bah, en realidad unos minutos. Creo que la inmediatez del porno en google me muy mal acostumbró. Así que, por cortesía de esta maravillosa galería es que conseguí estas impactantes y preciosas fotos. Ella reboza belleza, juventud, picardía... es tan tierna que encandila además de calentar ¡Está divina! ò_ó♥

xx



Sin ir más lejos, esta es la producción que la catapultó a la fama.

http://www.youtube.com/watch?v=znAYEihMda8
 *no subo el video al blog porque el sitio se me tilda cada vez que lo intento... puto bastardo... 


5 ene 2012

Filosofía

"Creo que la televisión es muy educativa. Cuando alguien la enciende me voy a ver pornografía en internet"

"y después de eso me hago una paja"

"o quizás dos"

"El matrimonio es la principal causa del divorcio."

"Yo puedo parecer un pajero y actuar como un pajero, pero no se deje usted engañar, soy realmente un pajero."

"El secreto del éxito se encuentra en la sinceridad y la honestidad. Si eres capaz de simular eso, y no demostrar cuan pajero eres, lo tienes hecho."

"Es mejor permanecer callado y parecer tonto que hablar y quedar como un pajero."

"Estos son mis principios. Si no te gustan, tengo otros."

"Fuera del perro, el libro es el mejor amigo del hombre. Dentro del perro, quizá esté muy oscuro para leer."

"Hay muchas cosas en la vida más importantes que el dinero. ¡Pero para tenerlas necesitás dinero!"

"He disfrutado mucho con de la pornografía. Mucho."

"La humanidad, partiendo de la nada y con su sólo esfuerzo, ha llegado a alcanzar las más altas cotas de miseria (agena, por supuesto)."

"La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados."

11 may 2011

Noticias del Mundo: Ganó un juicio, podrá pajearse




Ganó un juicio y podrá masturbarse en el trabajo

El fallo le otorgó el derecho a intervalos de 15 minutos cada dos horas para poder atender a sus necesidades.

Ana Catarina Bezerra Silvares (Divulgação)

Una mujer de 36 años ganó un juicio para que le permitan masturbarse en su lugar de trabajo debido a que padece una rara enfermedad que le provoca una necesidad compulsiva de obtener orgasmos.

Ana Cararina Bezerra, divorciada con tres hijos y oriunda de Espírito Santo, Brasil, sufre de una alteración química en su cerebro que la lleva a buscar orgasmos para poder aliviar su severo estado de ansiedad.

Pese a que Ana recibe un cocktail de ansiolíticos para reducir su ansiedad, aún necesita masturbarse 18 veces al día. Durante el peor momento de su trastorno, debía tener más de 40 orgasmos diarios.“Fue en ese momento cuando pedí ayuda. Comencé a sospechar que esto no era normal”, aseguró.

Es a raíz de esta necesidad patológica que la mujer tuvo que recurrir a la Justicia para que le permitan masturbarse en su lugar de trabajo sin estar expuesta a sanciones. El inédito fallo le otorgó el derecho a intervalos de 15 minutos cada dos horas para poder atender a sus necesidades. También tiene permitido descargar imágenes eróticas a la computadora de la empresa.

10 ago 2009

¿A quién llegás en internet?

El tema viene a una anécdota radial que me dejó pensando. El programa lo escuchó mi viejo así que el tema pasó de boca en boca.

En un programa de música había un muchacho comentando que tenía a más de 2.000 seguidores en internet. Entonces el conductor del programa le decía algo onda "eso no es la gran cosa, si en internet la mayoría de los espectadores son unos pajeros, si de esas 2.000 personas capaz que solo 5 pagarían por tu música".

y eso me dejó pensando. Es como una síntesis de algo que presentía desde hace rato.

en internet hay mucha gente que produce cosas interesantes destinadas al entretenimiento (artículos, dibujos, comics, música) pero ¿por cuántas de ellas estaríamos dispuestos a pagar?

esto va más allá de la concepción de la piratería. por ejemplo, podés descargarte una discografía completa, pero no ir al lugar a escuchar el recital, tener una revista impresa en tus manos, etc.

también caí en la cuenta de que muchas veces hay buenas intenciones, pero nada más.
¿cuántas veces le habré dicho a algún colega virtual que hecharía un vistazo a su obra y luego le daría una vista superficial simplemente porque, más allá del esfuerzo puesto en el mismo, no me resultara interesante? ¿cuántas veces me lo habrán hecho a mi y yo ni enterado?

quizás sea el precio de pertenecer a este medio digital, tan masivo, tan amplio, tan competitivo.

el medio de distribución te permite llegar a miles de millones de personas, pero sólo tocarás a la gente a la que le llames el interés. y de esas personas, cuántas no te estarán viendo/siguiendo sólo por la paja de no haber nada más que hacer?

Enlaces de Interés

http://www.pajero.com/sp/pajero_sp.html

http://ar.answers.yahoo.com/question/index?qid=20080112213357AASByOj